El prendedor del rey

<< ¡Fuerte y enérgico, pequeño Vallard! Fuerte y enérgico…>>

Y aquellos simples vocablos de sus ancestros le taladraron el pecho como una aguja; una acerada y oscura, llena de connotaciones ocultas y de realidades divergentes que, en apariencia, debían hacer de su alma de niño un alma aguerrida. Una íntegra y acorazada que se creciese con el pandemónium de indelebles batallas universales, se enardeciese con el orgulloso vituperio de los vencedores, y que no tremolase a la hora de saquear una vida que no mereciese la existencia. ¡No!, Vallard estaba destinado a ser un guerrero, y como guerrero, se le había entrenado desde el seno de la mixta que lo contenía. Una mixta —de jaspeada mirada— elegida entre cientos de ellas pues, portar la semilla del jefe de los Auxth era un privilegio digno de una raza superior…

Ya en el vientre de su madre, Vallard era golpeado; pequeños golpes que fueron ganando en frecuencia e intensidad; como futuro adalid, debía soportarlos. Y lo hizo hasta que, un puñetazo mal dado rasgó la placenta de la hembra. Y la mixta murió (ese era su destino).

Y Vallard ojos grises nació: entre mixtura de sangre y excrementos. Y durante tres días, se le abandonó a su suerte. Nadie lo arropó ni lo alimentó ni se preocupó de él. Finalizado el ciclo, Aumbarath ojos de fuego, el jefe de los Auxth y padre de Vallard, pasó a recogerlo. Vallard yacía inconsciente, pero, seguía vivo.

¡Vallard sería un gran jefe!

Y de él hablaría la historia, y sería leyenda. Y no habría vida consciente, dentro del universo Khawâd, que no conociese de su fuerza y que no aclamase su coraje en la batalla. ¡Ese era su destino!… el que estaba escrito en las estrellas.

 

I

Y el ciclo de Aumbarath terminó, y Vallard ojos de hielo, se erigió arráez de los Auxth. Y en todas las existencias concebidas, desde el universo Khawâd hasta las postreras esencias de los Nawgüerhín, sabedores eran del coraje férrico que amamantaba al iónico yatagán con el que rebañaba las cabezas de los vencidos; las cabezas de los pueblos que se levantaban contra el más despiadado e inclemente de los guerreros, de ojos fríos y asépticos como carámbanos grises, como cárcavas de inhóspita y abrumadora aflicción: los ojos del dominador del cómputo absoluto de los clanes.

<< ¡Fuerte y enérgico, rey Vallard! >> — le instaban las tropas, victoriosas.

 << Vacío te verás, ¡opresor de mundos! >>— imprecaban al cosmos, las almas de los injustamente ajusticiados.

Y aquellos simples vocablos lanzados al cielo, taladraron su pecho como una aguja; una repleta de connotaciones ocultas que, lo llevarían a encontrar el destino velado del auténtico guerrero… de aquel de quien hablaría la historia, y sería leyenda.

II

Y cuentan las leyendas que, en una de los cientos de batallas que Vallard libró, su cuerpo fue malherido. Y durante tres días, se encerró en su camarín sin querer que ninguno de sus leales vasallos le asistiese, ni ninguno de sus muchos médicos lo privasen del dolor y la angustia que —por lo pavoroso de sus gritos— se sabe que padecía. Finalizado el ciclo, Vallard regresó de su aislamiento sin el ojo izquierdo, que se colgó al cuello, dentro de un alabastrino prendedor. Y una noche, fatigado por el sueño doloso en el que las almas de los enemigos lo conminaban a muerte, Vallard despertó alterado pues, su ojo seco lo llamaba.  Y lo hacía con una dulce cadencia, acaso un trino… el más dulce con el que el soberano de los Auxth jamás nunca había sido nombrado.

<< Vallard, Vallard… ¿Escuchas mi voz?>> — Silbaba el negro ojo tras del guadamecí del broche.

—¿Qué?… ¿Quién me llama?, ¿quién eres?… —clamó la poderosa lexía

del rey.

<< ¡Oh, Vallard!, ¿no me recuerdas? Sácame de la fíbula y sostenme en tu mano, a la altura del ojo con el que juzgas el mundo.>>

Y el arráez de todas las existencias concebidas, desde el universo Khawâd hasta las postreras esencias de los Nawgüerhín, se desconcertó… obnubilado como estaba ante aquel susurro amable y reconfortante que…

¡Ya lo había oído antes!  ¿Cuándo? ¡Atrás! ¡Mucho atrás en el tiempo!

Y Vallard obedeció, y portó entre sus dedos a la mucilaginosa bola que rezumaba linfa y hiel. Y allí, y al contacto de su piel, tosca y yerma, el negro globo se abrió y… ¡Era de un verde brillante! Tan, tan brillante, que el tiránico corazón del rey se estremeció. Y lo hizo al ver, por entre los jaspeados reflejos que trastocaban la palidez de su rostro, los rasgos de… ¡una hembra!

—¿Quién eres, mujer? ¿Acaso un sueño?… — dijo el gran rey, no aparentando interés.

Y el reflejo respondió:

<< ¡No, Vallard! Soy lo que vive en ti y tanto temes: aquello que dormita dentro del corazón y a lo que no das valor por pensar que es débil o que te hará “laxo” en los combates. Soy la parte femenina de la que te otorgó el derecho a estar aquí y reescribir tu historia. La que, tras yacer muerta, te acunó y te arropó y te amamantó mientras no eras el hijo de nadie ni el jefe de nadie ni el rey de nadie… No me abandones más, ¡hijo mío! No dejes que vuelva a perecer sin conocer la auténtica fortaleza de tu corazón. Tú eres justo, y bueno. Busca en tu interior, y hallarás el verdadero coraje que detenta un rey…>>

Y la luz del ocelo esmerilado se apagó, pero… el ojo de Vallard, el que en su cuerpo palpitaba —color hielo—, se tornó cetrino y lleno de bondad, cual lo femenino y vivo que portaba en su sangre. Y aquellos simples vocablos le acunaron el pecho como una nana, y le otorgaron la rectitud y grandeza con la que gobernar por sobre todas las existencias del universo concebido.

Y del rey justo, habló la historia. ¡Ese era su destino!

Y se hizo leyenda: ¡la epopeya de Vallard!… escrita en las estrellas.

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